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22 sept 2010

ERIC LIDDELL
ALGO MÁS que el ORO

Por: Janet & Geoff Benge

Sus paisanos aguardaban impacientemente los juegos olimpicos para ver a su héroe ganar la medalla de oro en los 100 metros planos. No obstante las cosas no sucedieron así. Una mañana de abril de 1924, tres meses antes de los juegos olímpicos, Eric recibió una de las pruebas en que debería participar. Al lado de cada una se indicaba la hora de celebración de las eliminatorias y de las finales. Al lado de las eliminatorias de los 100 metros había una palabra temible: ¡Domingo¡ Eric miró la páguina por largo rato. Domingo. Indudablemente decía domingo. La eliminatoria de clasificación para la final se correría en domingo. Pero él nocorrería un domingo. No le cabía nunguna duda. Su entrenador y la Asociación Escocesa de Atletismo ya sabían que él no corria los domingos; nunca lo había hecho ni lo haría. Desde su más temprana infancia se le había enseñado que el domingo es un día de descanso y reverencia a Dios. Eric había gusrdado esa enseñanza toda su vida. El domingo era día del Señor, y nada, ni siquiera la proimesa de una medalla de oro, podría hacerle cambiar de idea.

Eric notificó al Comité Olímpico Británico que no podría correr los 100 metro planos. Los periódicos de apresuraron a publicar la noticia de que Eric Lidderll había rechazado competir por la medalla de oro en esa prueba. Entonces, el público que le había admirado su capacidad y su carácter se volvió encarnizadamente contra él.
Algunos dijeron que era un traidor a su país, un hombre no apto para representar a Escocia.

Eric quedo abrumado por los comentarios crueles de la gente pero no estaba dispuesto a cambiar de idea. Por lo que a él le concernía, no correría el domingo, y no había nada más que añadir. Para complicar aún más las cosas, las fechas para las dos eliminatorias de relevos se dieron a conocer poco después. Tanto la prueba de 4x400 como la de 4x100 se correrían en domingo. Como era de esperar, Eric rehusó también correr en ellas. El Comité Olímpico Británico se reunió en privado con los organizadores en las olimpiadas de París, pero, al parecer, poco se podia hacer aserca de la programación de los eventos. Si un contrincante rechazaba participar un día en particular, los organizadores pensaban que esto no les incumbía. Eric lo aceptó. Era su elección y ello acarreaba consecuencias. Mientras tanto el Comité decidió hacer todo lo posible por paliar la situación. Pidió a Eric que considerara correr los 200 y los 400 metros, aun cuando no tuviera muchas opciones de medall en ninguna de las dos pruebas. Eric aceptó.

A pesar de que nadie esperaba que tuviera éxito, Eric empleó toda su energía y consiguió clasificar para la final. Sorprendentemente, tambíen lo hizo Butler. El mejor de esta eliminatoria fue, sin embargo, el suizo Joseph Imbach, quien dejó a todos boquiabiertos al batir el récord del mundo. Imbach corrió los 400 metros en 48 segundos. La gente tenía expectativas que este ganara la medalla de oro, hasta cuando el americano Horacio Fitch superó a Imbach en un tiempo record de 47.8 segundos.

La final se corrió a las 7 de la tarde, un viernes 11 de julio. Como se había batido doblemente el récord de los 400 metros, la gente empezó a concentrarce temprano para la cita. Eric tomó uno de los pocos taxis que los norteamericanos dejaron libres para desplazarce al estadio en torno a las 4 de la tarde. En su bolsillo había una nota que le había sido entregada en la habitación del hotel y que decía: “El viejo libro dice así: ‘Al que me honra, yo le honraré’. Te deseo que alcances siempre el máximo éxito”. Estaba firmada por el masajista del equipo británico. Significó mucho para Eric.

Aunque mucha gente no entendía por qué había decidido no correr en domingo, algunos si lo sabían. Al entrar en el estadio, se metio la mano en el bolsillo y tocó la nota. Pasara lo que pasara en la final de los 400 metros, Eric sabía que había honrado a Dios y eso era más valioso que cualquier medalla olímpica.

La carrera comenzó… cuando la multitud se dio cuenta de que Eric Liddell no descendía al tercer o cuarto puesto, como era de esperar, permaneció extrañamente muda, demaciada aturdida como para vitorear. Los que conocían la técnica del atletismo en la pista sacidían la cabeza. Un atleta no podía correr a tope los 400 metros de la carrera. Para ellos era obvio que Eric Liddell era un corredor de 100 metros planos que no tenía idea de cómo correr los 400. Un corredor que pone toda su velocidad desde el principio, como si estubiera corriendo los 100 metros, gastaría toda su energía y no tendría fuerzas para responder al evidente final.

La muchedumbre esperaba silenciosamente que Eric se desmayara. Cuando éste hubo completado la cuerva, Horacio Fitch estaba sólo a dos metros de alcanzar la primera posición. Eric sentía su presencia. La gente rompió en gritos creyendo que Fitch le daría alcance.

Cuando todos pensaban que Horacio Fitch iba a adelantar a Eric, un suspiro sacudió a la multitud. Era imposible. Nadie antes había corrido los 400 metros de esta manera. ¡Pero cierto! Justo cuando el estadio estaba convencido de que iba a desmayarce, Eric echó la cabeza hacia atrás y sacudió los brazos como un náufrago que se ahoga. De este modo, con todas sus fuerzas, dio un acelerón y se alejó de Horacio Fitch. En vez de aflojar la marcha, hizo la segunda mitad de la carrera más veloz aún que la primera. Presintiendo una derrota, la gente estallo en vítores por Eric. Muchos le saludaron freneticamente con sus “Unions Jacks” –banderas del Reino Unido-. Al alcanzar el final de la recta Eric se inclinó hacia adelante para cruzar la meta cinco metros por delante de Horacio Fitch. Dios algunos pasos más y se derrumbó en brazos de su entrenador. Eric aspiraba el aire tan deprisa como podía, tendido de espaldas sobre la pista.

Un trueno de aplausos invadió el estadio. El ruido fue ensordecedor. Llegó a desirce que se había oído por todo París. Eric Liddell había hecho lo imposible y las masas fueron testigos de ello. En ese instante la gente elevó su voz y celebraron con él la victoria. Pro ultimo, escucharse el anuncio oficial de que además de haber ganado la carrera, también había batido el nuevo récord por dos décimas de segundo. La multitud volvió a enloquecer. Eric había hecho lo imposible. Su increible victoria fortaleció aún más su fe en las promesas de Dios.

Unos años más tarde Eric sería probado mucho más que en su capacidad física como misionero en China. Su carácter, perseverancia y resistencia son un claro ejemplo a seguir para todos los que obedecen el llamado de Dios a llevar el evangelio a las naciones.

Su increíble victoria fortaleció aún más su fe en las promesas de Dios.